NAZISMO: Hitler y el fútbol
Adolf Hitler no fue un gran aficionado al fútbol. A diferencia de otros dirigentes del régimen nazi, no consideraba a este deporte como la máxima expresión de la cultura física alemana. El régimen prefería disciplinas como el atletismo, la gimnasia, el boxeo y otras actividades que podían asociarse con la construcción de un cuerpo fuerte, disciplinado y acorde con los ideales raciales del nazismo. Sin embargo, que Hitler no tuviera un interés particular por el fútbol no significó que el régimen ignorara su potencial político. El nazismo comprendió rápidamente que el deporte podía ser utilizado para disciplinar a la sociedad, proyectar una imagen de fortaleza y construir propaganda.
A partir de 1933, el deporte alemán quedó progresivamente subordinado al aparato estatal nazi. El fútbol no escapó a ese proceso. Los clubes judíos fueron excluidos de las competiciones oficiales y posteriormente prohibidos, mientras que numerosos dirigentes, entrenadores y jugadores judíos fueron expulsados. También fueron perseguidos los clubes vinculados al movimiento obrero. El proceso de "arianización" transformó las estructuras internas de muchas instituciones deportivas. Bayern Múnich, por ejemplo, sufrió la persecución de sus dirigentes y figuras judías; su presidente Kurt Landauer fue obligado a abandonar el cargo y posteriormente deportado a Dachau, aunque sobrevivió. En Austria, tras el Anschluss de 1938, Austria Viena (un club con fuertes vínculos con la comunidad judía) también sufrió la persecución nazi.
El fútbol internacional también podía funcionar como una vidriera propagandística. Los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 constituyeron uno de los mayores espectáculos de propaganda del régimen, aunque Alemania no logró convertir el torneo de fútbol en una demostración de superioridad deportiva: fue eliminada por Noruega en cuartos de final. El episodio resulta paradójico porque demuestra los límites de la propaganda deportiva: un régimen que pretendía presentar una imagen de superioridad nacional no siempre podía controlar los resultados dentro del campo.
La Segunda Guerra Mundial produjo otro de los episodios más famosos y controvertidos de la historia del fútbol: el denominado "Partido de la Muerte". El 9 de agosto de 1942, en la Kiev ocupada por los nazis, el FC Start, formado por futbolistas locales y antiguos jugadores del Dynamo Kiev y otros clubes, derrotó 5-3 al Flakelf, un equipo integrado por militares alemanes. El encuentro quedó posteriormente envuelto en una enorme construcción propagandística soviética: durante décadas se sostuvo que los jugadores habían sido ejecutados inmediatamente después del partido por haberse negado a perder frente a los alemanes.
La realidad histórica es bastante más compleja. Varios futbolistas del Start fueron efectivamente detenidos y algunos terminaron muriendo durante la ocupación nazi, pero las investigaciones posteriores no encontraron pruebas que permitan afirmar que fueron ejecutados específicamente como represalia por haber ganado aquel partido. Tres jugadores (Mykola Trusevych, Oleksiy Klymenko e Ivan Kuzmenko) fueron ejecutados en el campo de concentración de Syrets en febrero de 1943, meses después del encuentro. Investigaciones posteriores determinaron que las detenciones estuvieron vinculadas principalmente con sospechas alemanas sobre sus antiguos vínculos con el NKVD y otras circunstancias de la ocupación.
El fútbol siguió cargado de significados políticos incluso después de la caída del nazismo. Diez años después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, otro partido de fútbol iba a convertirse en un símbolo de una Alemania completamente diferente. El 4 de julio de 1954, en el estadio Wankdorf de Berna, Alemania Occidental enfrentó a Hungría en la final de la Copa del Mundo. Los húngaros llegaban como grandes favoritos: llevaban una larguísima racha invicta y habían goleado 8-3 a los alemanes en la primera fase. En la final volvieron a golpear primero y rápidamente se pusieron 2-0 arriba. Parecía que la historia se repetía.
Pero Alemania Occidental reaccionó. Max Morlock descontó y Helmut Rahn empató antes del descanso. En el segundo tiempo, el equipo alemán resistió el dominio húngaro y, a pocos minutos del final, Rahn marcó el 3-2 definitivo. Hungría tuvo un gol anulado en los minutos finales, en una decisión arbitral todavía discutida, y Alemania Occidental consiguió su primer título mundial. El resultado fue bautizado como el "Milagro de Berna" y adquirió un significado que trascendió ampliamente al fútbol. Para una sociedad alemana todavía marcada por la derrota, la destrucción y el peso moral de la Segunda Guerra Mundial, aquel triunfo fue interpretado como un símbolo de recuperación y reconstrucción nacional.
Pero aquel partido también quedó rodeado por una de las grandes controversias de la historia de los Mundiales: el supuesto doping de los jugadores alemanes. Está comprobado que durante el torneo varios futbolistas recibieron inyecciones. El médico del equipo, Franz Loogen, sostuvo posteriormente que se trataba de vitamina C. Sin embargo, con el paso de las décadas surgieron investigaciones que plantearon otra posibilidad: que las inyecciones hubieran contenido Pervitin, una forma de metanfetamina que había sido utilizada ampliamente por las fuerzas armadas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial para reducir el cansancio y mantener despiertos a los soldados.

La sospecha se reforzó por varios elementos. Después del Mundial, numerosos integrantes del plantel sufrieron problemas hepáticos y algunos contrajeron hepatitis. También aparecieron testimonios sobre ampollas encontradas en las instalaciones del estadio. El capitán húngaro Ferenc Puskás afirmó posteriormente haber visto inyecciones en el vestuario alemán. Décadas después, investigaciones académicas volvieron a estudiar la posibilidad de que se hubiera utilizado metanfetamina. Sin embargo, el contenido de aquellas inyecciones nunca pudo establecerse definitivamente. Por eso, afirmar que Alemania "ganó dopada con Pervitin" como un hecho comprobado va más allá de la evidencia disponible. Lo que sí existe es una controversia histórica documentada y una sospecha que nunca pudo resolverse de manera concluyente.
Existe, en cambio, otro elemento del triunfo alemán que sí está documentado: los botines de Adi Dassler. El fundador de la futura Adidas acompañó al seleccionado como encargado del equipamiento y había desarrollado un sistema de botines con tapones intercambiables. En la cancha de Berna la lluvia era intensa y el terreno se volvió pesado y resbaladizo. Durante el partido, los alemanes pudieron utilizar tapones más largos para adaptarse al estado del campo. Los húngaros, con sus pesados botines de cuero, tuvieron mayores dificultades sobre el césped mojado. El propio grupo Adidas reconoce que Dassler aconsejó cambiar los tapones y que aquella innovación contribuyó a mejorar el agarre alemán.
Incluso aquí existe un matiz histórico interesante: Dassler no inventó originalmente el concepto de tapones intercambiables. La Oficina Alemana de Patentes señala que el sistema había sido patentado por Alexander Salot en 1949. Lo que hizo Dassler fue desarrollar y aplicar comercialmente la tecnología de manera muy efectiva en el fútbol de elite. El Mundial de 1954 terminó convirtiéndose también en un gigantesco escaparate para su empresa. La imagen de los jugadores alemanes utilizando aquellos botines bajo la lluvia ayudó a transformar a Adidas en una marca internacional.

Así, el "Milagro de Berna" quedó construido sobre varias capas: un equipo que remontó un 0-2, una Hungría extraordinaria que perdió su primera gran final, una lluvia que transformó las condiciones del campo, una innovación tecnológica decisiva y una controversia sobre posibles sustancias estimulantes cuyo contenido nunca pudo demostrarse de forma definitiva.
La historia del fútbol del siglo XX demuestra, en definitiva, que el deporte nunca estuvo completamente separado de la política, la tecnología, la propaganda y la sociedad. Desde los clubes "arianizados" por el nazismo hasta el "Partido de la Muerte" y el renacimiento simbólico de Alemania Occidental en Berna, la pelota fue mucho más que una pelota: también fue un instrumento de poder, identidad, propaganda y memoria.
